EN EL LEJANO NORTE

En los límites del círculo polar ártico, la larga estación invernal está a punto de terminar. El disco naranja se levantará un poco sobre el horizonte, avivará algo su brillo y hará llegar su aliento cálido y voluntarioso a las tierras heladas y oscuras.


Para celebrar el advenimiento del sol de medianoche, los dispersos habitantes de esas latitudes visten sus mejores galas y, desplazándose en sus trineos, convergen en la iglesia; allí tendrá lugar tanto el oficio religioso como el deseado reencuentro con los vecinos. Luego de las ceremonias vendrá el mercado y la fiesta.


Perteneciente a una de las parroquias más aisladas de la comarca, en una isba perdida en la zona de transición entre la taiga boscosa y la tundra desolada, la débil luz que sale por sus pequeñas ventanas dice mucho de la austera existencia de sus moradores. En su interior, el fuego del hogar produce toda la claridad y toda la sombra de la única estancia de la vivienda.

Tras una cortina, una pareja de ancianos, desanimados ante la perspectiva del incómodo viaje anual, hace rato que duermen. Robando horas al descanso, su joven hija se prepara para quitarse de encima el persistente olor a rebaño antes de enfundarse su vestido bueno y marchar, entusiasmada, al pueblo.


Hace más de seis meses que no disfruta sino de la compañía de sus padres; ella los venera, pero…

 


Primero, como deshaciéndose de una coraza contra el frío extremo -cosa que, indudablemente, es-, se despoja del largo chaquetón de piel de reno y de los pantalones del mismo material.

Caídos los ropones grises sobre el suelo de madera de abedul, se ha quedado tan sólo con una camiseta de franela clara y unas medias marrones de lana sujetas a sus muslos por sendos trozos de cinta deslucida. Al descubierto, en la desprotegida tierra de nadie, queda el plantel ensortijado, casi transparente, de su vello púbico rubio.


Despacio para no hacer ruido y deprisa para no perder el compás de su corazón, se quita las burdas calzas y se saca, como desperezándose, la camisola una y otra vez recosida. Ya desnuda, se dirige, sin más abrigo que el aire delgado a su alrededor, hacia un barreño situado junto a los leños encendidos.


Tal que si fuera a ejecutar un paso de baile, levanta la rodilla derecha y con la punta del pie toca, apenas, la superficie del minúsculo estanque; después entra, plantándose en el centro del espejo líquido. A continuación, alcanza un desportillado cuenco de loza y lo hunde en el agua tibia para derramarla lentamente -los ojos cerrados dirigidos al cielorraso- sobre su rostro, su pelo y sus hombros mientras su cuerpo se cimbrea con el abandono de un arce adolescente bajo una lluvia de primavera. Con un trozo de jabón barato comienza a frotarse la piel de nieve.


Las manos, casi pecando, se demoran en espacios vírgenes: en los firmes pechos juveniles de aureolas dilatadas por una inefable excitación; en el vientre liso, aplanado por el duro quehacer cotidiano; en la entrepierna, con el sexo anegado por algo más que agua.
Acabado el aseo, sale de la humilde pileta con no menos esplendor que Venus naciendo de las olas: una diosa nórdica coronada por una aurora boreal cuando sacude su húmeda cabellera de oro frente a las llamas rojas de la chimenea.


¡Lástima que no haya un Fran García para registrar la pletórica belleza inconsciente de esa muchacha pobre en el lejano norte!

Carlos Gozálvez Montoya


Enero de 2016

 

 

 


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